12 marzo 2010
Amador

Quiero contárles la pequeña historia que me sucedió una vez con mi vecino Amador, una historia que además explica muy bien los orígenes seculares de mi desvergüenza.
Coincidía con él todos los días al ir a sacar la basura con mis canes, algo que no es de extrañar dado que vivimos adosados -igual que esos siameses que comparten tronco y extremidades y que son tan difíciles de separar- pero que es el momento que normalmente mi vecino, un tipo solitario de aspecto antiguo y aseado, aprovecha para hacerse el encontradizo y amagar su soledad con unos minutos de charla.
Al principio no me dí cuenta y en ese estado de inopia permanecí algunos meses. Luego, con el tiempo, fui poco a poco cayendo en la cuenta de que había “algo” en las charlas con Amador que se repetía constantemente y que por repetitivo y cotidiano en esos momentos escapaba a mi percepción, pero que sin embargo estaba empezando a convertirse en insoportable.
Primero pensé si sería su aftershave, de un olor tan intenso como para tumbar a un dandy, mezclado además con una empalagosa colonia de imitación y todo ello amplificado por el efecto globalizador de las bolsas de basura entre las que suelen discurrir nuestros…digamos… encuentros…ejem…en la tercera fase.
También dudé si sería su voz un tanto estridente hablándo siempre de lo mismo: una exposición detallada de los clubs de carretera y bingos de la comarca que suele frecuentar. O que siempre tenía algúna reserva de mocos que sorberse constante y ruidósamente.
Y sus toses. Tosía… aleatoriamente …y sus esputos creaban en la conversación un fondo de percusión mareante. El caso es que estaba empezando a irritarme profundamente estar con Amador.
Después de meses con este desconcierto un buen día, por fin, comencé a dar con la clave de mi incomodidad y el instrumento desafinante en su... banda sonora. Ese día creí percibir, entre el tufo penetrante de su varonil loción y el…ejem…imperio aplastante del aroma de su colonia, un byte de información olfativa que me puso tras la pista.
En otra ocasión, ya alertado por mis anteriores descubrimientos (que eran ya en todo un lote de bytes olfativos), pude percibir una leve desincronización entre la tos y su manifestación sonora, como la que se da entre el resplandor del rayo y el sonido del trueno. Pensarán ustedes: ¿Usted bebe OjOVo? Pués sí, un vasito de vino con las principales comidas.
Por fín un buen día pude desvelar el gran secreto y el motivo de mi confusión: cuando tosía, el bueno de Amador se tiraba un pedo. Para acabar de convencerme me dí cuenta de que en ocasiones adornaba su indigna performance poniéndose en cuclillas en un acto que multiplicaba el efecto del…ejem…trueno.
En un primer momento pensé en hablar con él y ponerle cara a cara frente a su ausencia de decoro. Pero luego pensé que la sinceridad hay que dejarla para los amigos y estuve un tiempo empapándome las narices con toallitas aromáticas que se usan para el marisco ántes de salir a su encuentro. Un día casi pierdo el conocimiento por sobredósis de toallitas y fue entonces cuando decidí parar y poner fín a mis charlas con Amador.
He cambiado mis hábitos para no coincidir con él y ya no saco la basura, por lo que poco a poco he ido acumulando toneladas en la casa. El olor se ha hecho insoportable y ahora tengo a todo el vecindario muy...ejem...mosca...conmigo. Han empezado a murmurar a mis espaldas y alguien ha pintarrajeado la puerta del garage con un grafiti enorme que pone "Lixo Espanhol", (seguro que los del AMI , cabreados por el cierre de su página, andan detrás de este atentado a mi honor). Pero al menos Amador ha ido desapareciendo de mi vida con sus aromas y sus …ejem…vicios.
En una ocasión no pude evitarlo y me tropecé de nuevo con él : después de insultarme (¡me llamó “Onesícrito de Astipalea”!), se metió en su adosado dando un portazo y airenado todo el porche de la entrada con su fragancia infernal. Dirán ustedes: "¡Vaya OjOVo, no sabíamos que los adsense de Google le dieran para tener un porche!" Pues sí, y con llantas de aleación ligera.
Aún lo veo alguna noche a través de la ventana, sacando su basura y acuclillándose junto a una farola y me digo: ahí está el Amador, tosiéndo. Y me pregunto porque se acuclillará, si no hay nadie. ¿Y si resulta que...ejem...tosía… por timidez? ¿Habré hecho bien en no dejarme… amar?