19 octubre 2009
Shampoo

Todos los días se aprende algo y ya hace unos cuántos que aprendí que la honestidad no está de moda. Tenemos ejemplos por todos lados, por lo que no quisiera hacer yo más sangre del árbol por caer en esta sosegada entrada antisistema. Hay a quien no les queda más remedio que ser honesto porque piensan que existe un gran hermano vigilando constantemente sus movimientos y… impone mas la visión de un futuro como saltimbanqui en las duchas de la cárcel que la tentación del mangoneo. Mejor conformarse con hurtar unas pilillas o pasar un semáforo en rojo de vez en cuando para aplacar al mono desvergonzado que llevan dentro y mantenerlo underground.
Pero todavía queda gente insobornable. Seres de una pieza, de los de ántes de la guerra, que no actúan impulsados por la recompensa sino por la necesidad de hacer lo debido en cada momento. Dirán ustedes: ¿Le ha dado ahora por la santería “PapaOjovo” jaja? Y yo les digo: menos risitas que uno no es de piedra.
Estos hombres y mujeres únicos ya casi no se vén. Personajes rudos, de rocosa moral, que desaparecieron un buen día como los vinilos, los sillones de eskay, los viejos ferroviarios o los afiliados a la UCD .
Pero un día yo pude ver a UNO.
Fue en el gimnasio al que acudo cada día a insuflarme anabolizantes clandestinamente. Cuando salía, un hombre (que se había saltado ya la mediana edad y estaturas ) estaba preguntando en objetos perdidos por su shampoo, abandonado y perdido en la ducha después de su última sesión de ejercicio. Me quedé de piedra (y atrapado en el torno de salida) al comprobar la cantidad de gente que se olvida el shampoo en la ducha de un gimnasio, puesto que la encargada le trajo una enorme caja de cartón con una treintena de tarros de todos los tipos, tamaños, precios, marcas y colores. Esenciales, con ph, sin ph, a las finas hierbas, con efectos balsámicos…de todo… y todos abandonados por sus dueños. Ahí había hasta Johnsons al cuadrado para bebé. Después de revisar con detenimiento por unos momentos el contenido de la caja, el hombrecillo -al que llamaré mister Palmolive en honor a su querido shampoo- negando con la cabeza dijo... que no, que ahí no estaba su shampoo y que muchas gracias por recoger tanto shampoo y que dios se lo pagara… marchándose después con la cabeza bien alta; tan ufano que hasta me quedé un rato mirándolo como se iba y se perdía en el horizonte como Kunfú cuando …ejem…se perdía por el horizonte.
Pensativo y reflexivo como siempre, tomé por equivocación la bolsa de deporte de una señora y salí de ahí convencido de que había estado en presencia de un hombrecillo excepcional. Esos eran los hombrecillos que necesitábamos para renovar la clase política. La pena es que no fueran un poco más instruídos pero a poco que se les adiestrase se podía hacer con ellos un ejército de hombrecillos…ejem… cojonudo. Los Hombrecillos Mutantes…ejem…de la guerra.
No sé que habrá sido de este hombre…hombre pequeñito. Le deseo lo mejor. Es posible que pueda coincidir con él alguna vezl arrastrando unas mancuernas o desarrollando pectorales, y agradecerle entónces la lección que me dió ese día. Ajolá . No creo que la vaya olvidar, al menos mientras siga acudiendo a un gimnasio: “nunca te olvides de recoger el shampoo”.
video: ooshbagoosh











