03 mayo 2010

Cuánto vale un peine?


Como buen hijo de Buda que soy practico la meditación. Y además de meditar contínuamente sobre "cómo he llegado con los años a convertirme en semejante hijo de Buda", a veces, no demasiadas, consigo dejar mi mente en blanco. Seguro que más de un ...amo.... de su casa se preguntará al leer esto cuál es mi secreto definitivo de blancura para aplicárlo inmediatamente a esas manchas de sus camisitas rosas que no salen ni poniéndole velas a San Skip.
Les cuento, muy fácil: despejando la mente y vaciándola de pensamientos
vacuos. A servidor le ayuda el hecho de poseer cuasi de fábrica una...ejem...mente...despejada, pero no se crean, con un poco de entrenamiento cualquiera puede perder el pelo de tanto dejar de pensar. En mi caso este punto fue el que, el otro día, alcancé de pronto en el medio de una meditación trascendental.
Y me pregunté: ¿porqué la gente ya no se peina? ¿Se siguen fabricando peines, además de para las señoras? Quiero decir, ¿es que nos hemos
hecho los hombres tan proamericanos que ya no necesitamos peine? ¿Quien coño -y me perdonen esta breve agitación de las ondas alfa- se peina hoy en día?

Y entónces me dije:

¿qué costará hoy en
día -en plena era internet, ya saben-, un -y me perdonarán otra vez esta nueva sacudida de ondas beta- puto peine?
¿Cuánto valían ántes...20 pesetas? ¡Pero si ya no quedan ni peluquerías
unisex! ¿Qué ha ocurrido? Y lo que es peor: ¿a dónde va a parar esta civilización sin peines?

Recuerdo que hace años los hombres llevaban un peine en el bolsillo de
atrás, con la carterita y el pañuelo, y se aprovechaba cualquier superficie reflectante como espejo improvisado en el que atusar los cabellos con unas pasadas de peine a modo de guadaña, que dejaban nuestras greñas listas para ser mesadas.
Ay, que tiempos. El peinecito de plástico de
color marfíl, que perdíamos contínuamente en algún lavabo de un bar o en el cine o en la obra (porque los del opus eran los que más se peinaban).

Como decía, las mujeres son las
únicas que se siguen peinando y lo serán hasta...el fín de esta civilización. Pero se agradece, sobre todo que se peinen las señoras y si son mayores pués, mucho mejor. Porque ellas sí que saben hacerlo. Exhiben orgullosas sus tocados de tres pisos y azotea con vistas. Esos cardados que se ondulan y ondulan y se elevan y retuercen en arabescos imposibles, desafiándo leyes físicas y...ejem..estéticas. Y las más mayores, con sus peinados coloristas en azules, verdes, morados...Siempre prestas al retoque, al último perfíl, al acolchamiento breve pero efectivo de algún ricito de loro. Y cómo se transforman las mujeres con sus peinados, que hasta parecen loritos con sus plumitas recien lavadas y secaditas al sol.

Los hombres, en este país al menos (desconozco otras costumbres porque como medito mucho, no salgo), ya no lo hacemos. Ahora ves a la gente y ya nadie se arregla el pelo, es todo naturalidad y desaliño. Y los responsables principales de que la gente no utilice el peine han sido dos: el señor Llongueras y la moda grunge, sobre todo el cantante de Pearl Jam.

El primero por razones obvias: cuentan las malas lenguas que era abrir la boca y a sus empleado ya se les caían los peines del susto. Su manía de peinar metiéndo los dedos le ha hecho un flaco favor al peinado masculino.
Y los segundos porque cuando, allá por los años 90 inventaron lo de la suciedad y el aliño desaliñao estaban anticipando el hecho que ahora estoy lamentando en este
post cercano al Nirvana: la greña era bella. Una pena.

Servidor sigue llevando peine a moso
testimonial (no por nada, sino porque me he hecho un poco grunge), uno muy pequeño que usaba mi abuelo y que mi padre me entregó llenito caspa el día que descubrió que empezaba a quedarse calvorota. Lo guardo como oro en pañuelo, al lado de la carterita. Tiene un enorme valor para mí pero he olvidado lo que cuesta.
Si lo saben, díganmeló por
favor.