28 febrero 2009

Pinocho Lionel



Soy un amante de los animales. Ojo, entiéndaseme bien, en el buen sentido, nada que ver con el amor a los zoológicos, tan claustrofóbicos, ni con el amor carnal más clorofílico, que de todo hay en la viña de interné. Pero de eso quería hablarles, precisamente, de interné y sus peligros.
Po r eso, serán los ancestros mariñeiros-no sé-, amante como soy también de las redes sociales, decidí hace poco buscarle a mi querido Pastor de Brie, de nombre Bimbo José, una novia, para que no estuviera tan sólo y , para que nos vamos a engañar, para lo que la busca todo el mundo por la red, para follar. Me dije a mi mismo, superando los reparos éticos de un principio, que porqué no iba a poder aprovecharse también mi pequeñín de los avances tecnológicos puestos al servicio de las necesidades básicas. Así que, obtenida su aprobación con un tremendo lametón en la mejilla, nos decidimos a probar suerte. Y entonces fue cuando la conocimos.
Lo primero que le llamó su atención fue su nombre: Pinocho Lionel, algo inaudito, todo un toque de originalidad que no hizo más que acrecentar el deseo de mi perro y, tengo que reconocerlo, unos incómodos celos en su amo. No muy femenino quizás, pero también la novia de Belmondo se llamaba Carlos y nadie ladró en su momento.
Su pelo, negro como el azabache, y su origen Terrier, de los Terrier de toda la vida, nos cautivó desde ese mismo instante. Concertamos una cita. Cuando llegó el momento, a mi perro no le llegaba el collar al cuello y yo…tengo que reconocer que me sentía un poco proxeneta propiciando ese encuentro.
Pues qué quieren que les diga, el asunto resultó todo un fiasco: el tal Pinocho resultó ser un macho y su dueño un imbécil incurable, con lo que en el instante en el que nuestras miradas se cruzaron, ya fue imposible detener la lucha. Entre ladridos desbocados y mechones de hermoso pelo azabache sobrevolando nuestras cabezas, sólo un buen rato después, cuando la pelea se trasladó al interior de un bar, fuímos capaces de ponerle fin lanzando un taburete a la cabeza de mi perro, todo un ardid como muy de fiesta tradicional española.
Decía lo de imbécil porque el amo y señor del tal Pinocho, supongo que de nombre Lionel, no tuvo otra ocurrencia mejor que denunciarme, por lo que el asunto está ahora en manos de los tribunales y tengo a Bimbo José en cuarentena a la espera de la resolución de la autoridad veterinaria. He tenido además para más escarnio que indemnizar al taburete.
Comprenderán muy bien que no quiera ni oir hablar de citas a ciegas, si esto le ocurrió a un cuadrúpedo ¿ qué insondables peligros nos acechan en la Red a los animales de dos patas?